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Saturday, 7 December 2013

Nelson Mandela... y un cuento africano

Ayer murió Nelson Mandela. 

Mandela fue uno de los protagonistas principales del siglo XX. Promovió la resolución pacífica de los conflictos y luchó por la igualdad de derechos en su país natal, Sudáfrica. Pasó muchos años en prisión por combatir las políticas de segregación racial impuestas por el Aparhteid y tras su liberación, recibió el Premio Nobel de la Paz y consiguió ser presidente de su país.

Lleno de inquietudes, se dedicó a recopilar cuentos africanos para promover valores entre los niños de todo el mundo, tomando como referencia la cultura africana que tanto le enorgullecía. Para recordar la figura de Nelson Mandela hoy os traigo al blog uno de esos cuentos africanos del que seguro podemos sacar algún pensamiento positivo. Se titula...



Los ríos tristes


Había una vez una montaña llamada “la montaña de agua” por disponer de dos grandes ríos en sus laderas. Los niños y niñas se divertían bañándose. La gente lavaba y bebía de los ríos y todo era felicidad, pues  el agua daba la vida a aquellos pueblos.

Tal era el buen humor de la gente, que una mañana decidieron construir nuevas casas de paja para que personas de otros lugares pudieran alojarse unos días a la orilla de los ríos. Y así fue. Construyeron diez bonitas casas que pronto se llenaron de familias en busca del agua fresca y limpia para  refrescarse, lavar y beber.

Tanto bebieron que el río comenzó a secarse. Las nubes, preocupadas, comenzaron a dejar caer gotitas de lluvia sobre la zona para ayudar a  los ríos a recuperarse. Pero llovió tanto que algunas de las casas de paja se destruyeron.

Los hombres se enfadaron mucho. Recogieron toda la paja y madera de las casas destruidas y decidieron lanzarlas al río. Las mujeres  gritaban: “¡No lo hagáis!, ¿No veis que la lluvia era un regalo?”. Pero los  hombres no escucharon y llenaron los ríos de paja, madera y basura.

Con el paso del tiempo, los ríos se entristecieron. Ya nadie jugaba en sus  aguas y la gente no podía acercarse a beber. Se pusieron tan tristes que  acabaron desapareciendo. Sólo a varios kilómetros del pueblo volvieron  a aparecer, muy tímidos, para proporcionar agua.
Las mujeres no quisieron decir a los hombres donde estaba el agua, por miedo a que éstos volvieran a contaminarlo.


Desde entonces, en aquel lugar, las mujeres son las guardianas del agua y la naturaleza, protegiendo a sus criaturas de cualquier mal que pueda suceder.



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